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Con el pretexto del combate a la inflación, el Banco de México (banco central de la nación) coordina con toda la banca del país la implantación del dinero plástico, en vez del efectivo, al que acusan de inflacionario. Para ello, el Gobierno Federal con Vicente Fox otorgó a la banca una exención de impuestos por el equivalente de lo que gaste en hacer que la gente deje de usar billetes y monedas, y sólo emplee tarjetas de plástico.
La ignorancia y la costumbre han hecho del billete o la moneda una supuesta riqueza, sin entender que sólo representan un compromiso de pago de los Bancos Centrales, en este caso, el de México. Véase, para confirmarlo, la leyenda en los billetes: “El Banco de México pagará a la orden al portador...” Es un simple pagaré. Con el águila oficial, con muchos dibujitos y medidas de seguridad, pero es un pagaré. Un compromiso de pago.
Dicho en síntesis, quien tiene muchos billetes, tiene mucho papel... pero no es rico.
El día que a final de cuentas reciba el oro equivalente a todos los billetes que tiene, entonces será rico. Mientras tanto, sólo tiene promesas de pago.
Pero ahora, hasta eso se le quiere suprimir. Con la campaña titulada "Boletazo" se pretende que el plástico bancario privado sustituya al circulante, la moneda de cuño corriente, la obligación del poder público de liberar, en el momento que el tenedor lo solicite, el pagaré o billete que tiene en su poder y que debe estar respaldado, antes por dólares convertibles en oro, ahora por dólares que ya no están respaldados por oro, sino por... otras promesas de pago.
Con el plástico bancario que se trata de imponer, el ciudadano ya no tendrá en su poder ningún pagaré, para exigir el oro que a final de cuentas respalda el valor de ese o esos pagaré(s).
A cambio, quedará sujeto a un movimiento contable del banco, que en cualquier momento puede cambiar unilateralmente las cosas en contra suya y llevarlo a la ruina.
No debe olvidarse el famoso “error de diciembre” por el que infinidad de ciudadanos despertaron con unas deudas multiplicadas por un simple teclazo en las computadoras bancarias. Nadie les avisó, nadie les tomó opinión, nadie pidió su firma de aceptación o conformidad. De buenas a primeras ya debían enormes intereses que excedían su capacidad normal de pago, que los convertía automáticamente en morosos y sujetos a embargos. Súbitamente se quedaron indefensos porque un contador del banco “certificaba” que su adeudo se había multiplicado y, según la ley que preparó Salinas de Gortari y expidió Miguel De la Madrid, eso era suficiente para ponerlo ante un juez y quitarle todo lo que tuviera.
Todos los Bancos Centrales, como una orquesta, ejecutan la parte que les toca, bajo la dirección de la Reserva Federal de los Estados Unidos, una corporación privada, creada por banqueros, que condicionan y emplean todo el poder gubernamental en sus distintas expresiones –Ejecutivo. Legislativo y Judicial– para imponer sus intereses y acrecentar sus enormes ganancias.
Con la ignorancia general, los ciudadanos desconocen que por disposición unilateral de Estados Unidos durante el mandato de Richard Nixon, se abandonó el “patrón oro” que respaldaba la convertibilidad del dólar (una vigésima de onza de oro por cada dólar), adoptado en Bretton Woods (New Hampshire) como referencia internacional al final de la Segunda Guerra Mundial. Esto es, se canceló unilateralmente el acuerdo de que todo billete impreso o moneda acuñada, debían estar garantizados en su valor liberatorio por su equivalente en dólares y éste en oro.
Cuando los gobiernos empezaron a imprimir mayor cantidad de billetes del que sus divisas o el oro guardado en las reservas podía garantizar, empezó a desquiciarse todo el arreglo preparado en Bretton Woods. Parte de la culpa la tuvieron los petrodólares con que los árabes exigieron a Estados Unidos el pago por su petróleo, que subieron de precio como represalia al apoyo estadounidense a Israel y su política belicosa contra sus vecinos árabes que, justo es decirlo, querían su exterminio.
El vital petróleo que Estados Unidos necesitaba para aceitar y mantener andando su maquinaria bélica y su economía, ya no podían pagarlo a precios ascendentes con los dólares equivalentes al oro que tenían guardado. Y al empezar a imprimir billetes, hubo alza de inflación que alarmó a toda la clase gobernante. Entonces Nixon, con el lastre económico que arrastraba de la guerra de Vietnam, decidió terminar con el “patrón oro” para que no se fuera a insistir en obtener el pesado oro a cambio de los livianos billetes que se acumulaban. Porque bien entendido, la moneda o el billete es sólo un compromiso de pago, o pagaré, que emiten los bancos centrales o casas de moneda y por el que, en teoría, puede reclamarse la entrega de su equivalencia en divisas o dólares y la conversión de éstas o éstos en oro.
Pero a falta de pagarés, con una tarjeta de plástico, ¿qué oro se puede exigir? En vez de riqueza, se tendrá una deuda eterna, heredada de padres a hijos, como tal vez muy pronto se vaya a legalizar (sólo esperen a ver algunas de las próximas iniciativas discretas que lleguen al Congreso). No se le dará mucho bombo antes de aprobarla, para evitar escándalos, pero vamos hacia eso. Sólo hay que esperar.
Como bien apuntó Henry Ford, iniciador de la producción en serie: “Es bueno que la gente no entienda nuestro sistema bancario y monetario, porque si lo entendiera, creo que habría una revolución antes de mañana en la mañana”.
Dicho en mexicano: Ganan los vivos, a costa de los tontos.
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