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por Fausto Fernández Ponte
I
Las secuelas del sucedido trágico de hace casi un mes en el antro News Divine, en la ciudad de México, si bien son políticas y afecta a un grupo de poder --conformado por una vertiente, llamémosle con reticencias, de vena progresista--, conturban.
Y conturban, entre otros motivos, porque las moralejas que se desprenden de dichas secuelas --renuncias de responsables políticos y morales y penalización judicial de lo operadores policíacos-- son de difícil, si no es que imposible, aplicación.
¿Por qué? Porque ello implicaría modificar de tajo y raíz los vectores causativos y consecuenciales de una idiosincrasia del poder: la corrupción. Implicaría, dígase sin gorgueras, traducir didascálicamente esas moralejas en una revolución cultural.
Y a su vez y en su turno, una revolución cultural es, precisamente, lo que semántica, filosófica, ideológica y políticamente significa: darle prisa a un proceso de evolución de una etapa del desarrollo social en el Distrito Federal.
Esa etapa es, a nuestro ver, identificada como componente intrínseco de la cultura del poder prevaleciente y, sin duda por inferencia válida, de la cultura en general: la práctica de conductas y ejercicios idiosincráticos de abuso de poder.
Y añadiríase: abuso poderdatario en todos los ámbitos del poder formal, visiblemente en el de la facultad coactiva y coercitiva legal del ente regidor y, por tanto, aplicador, del imperativo reglamentario de lo constituido y establecido.
II
Dicho de otro estilo: el origen de la tragedia (12 jóvenes muertos y centenares victimizados por conculcación de sus derechos, incluido el de despojo ilegal-- se remonta a la filosofía y la cultura de la corrupción.
Vero. Los policías --enjambres de ellos-- realizaron el "operativo" (o "redada", por llamarla de algún modo) del antro como parte de una práctica de exacción de dinero y otros bienes a los concesionarios del negocio y sus usuarios y consumidores.
Esa práctica depredadora es institucional, no obstante su naturaleza inmoral, carente de ética y francamente ilegal, violatoria, por añadidura, del régimen de premisas elementales, aunque no por ello menores, de la convivencia civilizada.
Por ello, el informe de la Comisión de Derechos Humanos del DF acusa cortedades. El poder formal, cierto es, diseña y aplica políticas orientadas a depredar a los jóvenes. Pero esa política afecta por igual a todos los habitantes, no sólo a los jóvenes.
Y afecta, cabría puntualizar, no sólo a los jóvenes y adultos del DF, sino de todo el país. Lo ocurrido en la ciudad capital de México es ocurrencia cotidiana en cada municipio urbano (e incluso rural) y en cada estado de nuestra Federación.
Dadas esos considerandos, el diagnóstico y las recomendaciones de la CDHDF resulta incompleta. El "ombudsman" defeño debió ir más allá: identificar las causas de su descubrimiento de que es una política gubernamental depredar en los jóvenes.
III
Esa política, pese a su laya aberrante, es institucional. Depredar a la sociedad es una institución arraigada, de largo tiempo, pero es consecuencia de la naturaleza (y su dialéctica) de otra, la de la corrupción.
Sospecharíase que los "operativos" o "redadas" (como la aludida aquí) resultan en botín. Y que de ese botín para los policías rasos se benefician también jefes menores y mayores, en una pirámide que llega hasta el ápice, el de mero arriba.
Así, el episodio del "News Divine" es emblemático: en Monterrey, Guadalajara, Puebla, Tijuana, Ciudad Juárez, la densidad conurbada del Valle de México, etcétera, la práctica es la misma. Depredar a la sociedad, tal es la divisa del poder.
La interrogante que plantea el sucedido, sus causales y efectos y, sobre todo, sus moralejas y oportunidades y retos, es la siguiente: ¿aprovechará el jefe de Gobierno del DF, Marcelo Ebrard, para iniciar una verdadera revolución cultural?
Pensamos que no. El señor Ebrard no es un revolucionario en cualesquier sentidos del vocablo. Como político no se ha distinguido por su vocación al cambio de fondo, sino por el cambio cosmético, de apariencias y camuflajes.
Don Marcelo proviene de una cultura política del "bombero": apagar fuegos, mas no las causas de dicho incendio, y es, por tanto, ajeno a la noción filosófica, ideológica y política de una revolución cultural. Empero, podría hacerlo...
Podría hacerlo, sí, pero sólo si puede obtener de ese empeño un premio que engrose su capital hacia su proyecto personal. La coyuntura para una revolución cultural --en lo que atañe a la policía-- está allí, esperando un verdadero estadista. Un revolucionario.
ffponte@gmail.com
Glosario:
Didascálico: didáctico, pedagógico.
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