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por Fausto Fernández Ponte
I
México está agitado. Esa agitación es insoslayablemente social, aunque no eximida de manifestaciones políticas y culturales (las de la protesta colectiva organizada) y económicas.
Dígase de otro estilo, caro leyente, que adviértese que esa efervescencia social --por definirla eufemísticamente-- tiene por denominador común la incertidumbre.
Y ésta, en su turno, causa descontento, irritación, desesperanza y, eventualmente, una miríada de modalidades de insurgencias socio políticas cuyas secuelas prospectivas conturban.
Sí, conturban, pero también confunden, con arreglo a los imperativos y la interacción de los componentes de la cultura propia de cada uno de los estratos y clases sociales de México.
Y es que para ciertos estratos insertos en la espiral descendente de la depauperación, ésta no concientiza acerca de la realidad. Hay quienes, otrora pudientes, son en el hogaño proletarios.
II
En esos estratos golpeados por las manifestaciones cíclicas agudas de una crisis que estruja al país desde hace un cuarto de siglo, la depauperación es registrada, pero incomprendida.
Ello atiza las fogaratas de la conturbación, que se acentúa no sin dramatismo ante la presencia incontrovertible de confusión. Todos estamos conturbados, aunque no comprendamos las causales.
Mas esa conturbación parece inasible a la comprensión del poder formal --el del Estado mexicano-- y ciertos poderes fácticos que, a nuestro ver, sufren también enorme confusión.
Las herramientas del poder formal y algunos en el conjunto de los fácticos para registrar, identificar y comprender la realidad no son las adecuadas o, lo que es grave, usadas con patética inepcia.
Pero, por otra parte, bien pudiere no ser ese el caso. Ni son insuficientes las herramientas para discernir la realidad y actuar en consecuencia ni sus operadores son ineptos e insensibles. No.
III
Pudiere ser el caso de que la insensibilidad y la indiferencia consecuente son deliberadas, movidas por la obsesión perversa y, a la vez, suicida, de consolidar un proyecto de país que es inviable.
Pero fuere cual fuere el caso --herramientas insuficientes o mal usadas por ineptitud o la sañuda perversidad aviesa-- el margen de peligrosidad es ascendente. El país está en juego.
Tal vez sea ésa la misión de los personeros del poder formal y ciertos poderes fácticos: entregar México a los consorcios trasnacionales sobre todo de Estados Unidos y España y a la oligarquía local.
Esa entrega al capital privado mexicano y trasnacional es inconstreñida: sin garantías ni contrapesos --propiciadora de un saqueo brutal-- y a contrapelo de nuestra Constitución Política.
Las consecuencias de ello tienen expresiones elocuentes. La agitación que sacude nuestro cuerpo social parece profundizarse y ensancharse. El poder la desestima con arrogancia y soberbia ofensivas.
Esa agitación --y, en particular, sus causales veras-- es precedente de insurgencias organizadas que, por ese atributo, pueden extenderse y generalizarse. El país ya empieza a arder.
ffponte@gmail.com
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