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por Edi Torcito
En México la simulación es nuestro estilo de vida. Todo lo simulamos.
Simular es parte de nuestra idiosincrasia, secuela, pensaríase, de nuestra experiencia histórica. Simulas, pues, y pretendemos ser lo que no somos o no ser lo que sí somos.
Ello es particularmente obvio en la cultura del poder y con énfasis en la administración de justicia. Los poderes federales y de los estados responsables de procurar e impartir justicia son notoriamente corruptos y viven en la práctica de la simulación.
La procuración de justicia se traduce en la fabricación de delitos y delincuentes mediante la tortura física y una forma perversa de ésta, la psicológica. Ésta se aplica para obtener confesiones de personas inocentes y de esa guisa dar por aclarados crímenes. Esta práctica es preocupante, a lo que se suma que el propio Estado mexicano minimice y desestime las denuncias de tortura.
Ante esa lacerante realidad, cada día es mayor el número de casos en los que la propia sociedad se hace justicia por mano propia y eso es también conturbador.
Estamos los mexicanos atrapados en las zarpas de una hidra de dos cabezas y el desenlace es, no por predecible menos aterrador: el caos.
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